EMPRESARIOS Y SINDICALISTAS CRISTIANOS

Compartir esta publicacion

No hay duda  que la mejor forma de enriquecerse académicamente es estudiando y, la más barata, leyendo. Pero, lamentablemente, cuando queremos incrementar nuestros conocimientos acudimos a lecturas normales y básicas como la economía, historia, política o a las piezas literarias de los grandes novelistas.

Pero, sin lugar a dudas, existen obras que deben ser de lectura obligatoria para los profesionales, empresarios, obreros y políticos. Me refiero a la Biblia y las Encíclicas. Lectura obligatoria, repito, no sólo para los cristianos o católicos, sino para todos.

He leído algunas Encíclicas y pocas veces he visto libros o documentos escritos con tal grado de exquisitez literaria que, seguramente, de haber participado dichos escritos para una eventual nominación al Premio Nobel de Literatura, con holgura hubiesen ganado algunas veces tan importante galardón.

Es fundamental la formación cristiana que deben tener los profesionales para poder hacer de su profesión un verdadero apostolado. Así es, hemos dicho que el médico no puede practicar un aborto, que los ingenieros deben de utilizar materiales seguros en sus obras, que los economistas deben ser serios en sus cifras y que los abogados deben siempre buscar el mejor y justo derecho para su cliente e, inclusive, para la otra parte, en forma tal que hasta quien litigue con nosotros, a la vez que esté seguro de que le va a ser difícil ganarnos, también deberá estar seguro que vamos a actuar con decencia, honestidad y moral.

Pero, los empresarios obreros y autoridades ¿entran o no en esto? Por supuesto que sí. El empresario debe siempre manejar con decencia y pulcritud su empresa, debe ser inteligente en forma tal que pueda conseguir el mercado que le interese, pero, a la vez, debe utilizar mecanismos correctos para hacerlo en forma tal que, al igual del ejemplo de los abogados, quienes compitan con él sepan que deben luchar duro pero que, a la vez, tengan la garantía que utilizarán armas correctas.

Por otro lado, el empresario debe manejar correctamente sus cuentas y contabilidad. No disfrazarlos, no esconder utilidades, pagar lo que la ley manda a sus trabajadores y honrar sus impuestos. Si todos los empresarios actuarán así, otro sería el cantar. Los trabajadores no estarían preocupados por sus haberes y el Estado recibiría las contribuciones suficientes para poder ejecutar sus obras y servicios, especialmente los de orden social. Por supuesto, esto también aplica para la dirigencia sindical ya que ellos también deberían trabajar en forma correcta y defender, con las fuerzas que tengan, sus derechos y los de sus trabajadores, pero no sus intereses personales o, peor todavía, exigir cuantiosas conquistas que lo único que dan como resultado es la destrucción de las empresas, sean públicas o privadas, y, por consiguiente, la desaparición de sus puestos de trabajo y la seguridad alimentaria de sus familias.

Sobre las relaciones entre los empresarios y los trabajadores ya se ha pronunciado la Iglesia. Primero, con la Encíclica Rerum Nuvarum, luego, con la Octogésima  Adveniens y Laborem Exercens, estas dos últimas, ochenta y noventa años después de la primera.

Se hablaba de la necesidad de una perfecta relación entre patronos y trabajadores, se respetaba el derecho a la propiedad privada, se rechazaba lo que la Iglesia llamaba “la fantasía del socialismo… ya que repugna a los derechos naturales de los individuos y perturba las funciones del Estado y la tranquilidad común…” y tenía frases tan sabias como indicar, por ejemplo, “…no considerar a los obreros como esclavos; respetar en ellos, como es justo, la dignidad de la persona, sobre todo ennoblecida por lo que se llama carácter cristiano…”.

En fin, que se respete lo que se llama justicia social. Esto, fue preocupación de Juan Pablo II, fundamentalmente, porque le inquietaba que una globalización de la economía o de los mercados pueda afectar gravemente a los más pobres.

El denunció lo que llamó “las consecuencias negativas de la globalización”, y en presencia de los miembros de fundación Centésimus Annus denunció este tema, al cual creo los empresarios y las autoridades de gobierno deben prestar especial atención para impedir que se afecte a los más pobres.

Indicó, además, que hay que tener un sentido global de la justicia y que las operaciones en el campo financiero o administrativo deben tener como objetivo no violar la dignidad humana. Así como que los procesos de globalización por sí mismos no tienen una connotación éticamente negativa, pero que pueden adquirirla según sus consecuencias, por lo que es necesario un desarrollo que beneficie el “bien común”.

Ojalá, pues, que así como a los soldados se les dice que lleven una Constitución en sus mochilas, también los empresarios,  profesionales y obreros, lleven una Biblia en sus maletines y overoles.  Y, con los casos de corrupción que tanto están sonando actualmente, también los políticos y los servidores públicos.

Si bien esta opinión nace de mi formación cristiana, debo respetar a los ateos y agnósticos.  En consecuencia, ellos y los cristianos, debemos igual proceder de acuerdo a normas de ética y moralidad (aplicables a todos, sin distinción de credo); y además, cumpiendo las leyes.

Antonio Pazmiño Ycaza

Más para explorar

Scroll al inicio
Ir arriba